Una noche, la más pequeña de las estrellas, mientras jugaba, se cayó del firmamento y se perdió en un bosque.

Al verse sola tuvo miedo, pero luego de observar las plantas, los árboles y los animales, se sintió tranquila y feliz de conocer otro mundo. Decidió aventurarse por el lugar y caminó maravillándose con todo lo que encontraba. A lo lejos vio una luz y se puso feliz, pues pensó: a lo mejor una de mis amigas también pudo haberse caído.

Muy animada se dispuso para llegar hasta donde ella, ansiosa por compartir esa experiencia. Recorrió un gran trayecto. Con dificultades, pasó sobre plantas espinosas, bejucos y hasta cruzó un riachuelo donde casi se apaga, porque la hoja que le hizo de barquita se le volcó.

Al llegar, sus esperanzas de que fuera otra estrella, desapareció, pues era una luz diferente y esta no estaba sola, pertenecía a una vivienda donde habitaba una familia.

Aún así quiso saber de quién se trataba y entonces se puso a observar. Vio que se iban a dormir y se alegró, pues en cuanto lo hicieran, llegaría hasta esa lucecilla. Pero el señor, antes de irse a la cama, la apagó y con ella su ilusión de tener compañía. 

De repente comenzó a llover y corrió a esconderse debajo de la casa. Ahí, acurrucada, quiso dormirse con el arrullo de la llovizna, pero una figurilla resplandeciente le llamó la atención. Entusiasmada, le preguntó quién era y qué hacía ahí. La figurilla se identificó como una luciérnaga en busca de alimento.

Hablaron de sus chispeantes vidas. También de sus luchas, sus temores y de cómo estos se convertían en espejismos al compartirlos con los seres queridos. Y tanto conversaron que creció entre ellas una gran amistad.

Lentamente, la noche desteñía por el inoportuno amanecer. La estrella, preocupada de que el sol la sorprendida fuera de la cuenca estelar, se dispuso para volver al cielo. La candelilla, al verla en su afán se entristeció mucho, pues no quería perder a su nueva amiga. La estrellita, entonces, le propuso:

─Venite conmigo.

─Mis alas no son tan fuertes para llegar hasta allá ─le contestó muy triste la luciérnaga.

─Pero si te quitás el cuerpo y venís solamente con tu luz, podrás hacerlo ─le insistió ella.

Así lo hizo, la luciérnaga desprendió su cuerpo para luego subir entre las sombras que aún las cobijaban. Ahora desde el cielo, las lucecitas con sus destellos nos muestran esa linda amistad, nacida entre seres tan diferentes.

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