–Padre nuestro que estás en el cielo, santifica nuestro espíritu contra las tentaciones terrenales.

–Dios te salve, María, llena estás de pureza y carente de los pecados carnales que esclavizan a este mundo sin Dios.

–Santa eres, María, madre de Dios, modelo a la que imitamos siempre por su gracia virginal.

Así, ella reinventaba estas oraciones, llamadas por mí “cola”, porque al encabezado de cada una se les agregaba un final novedoso, haciéndolas más efusivas, tanto, que nos hacía tocar las puertas del cielo. Era un lujo tener a Engracia, la mejor rezadora, en nuestro hogar. Había otros que también daban este sagrado servicio, pero ninguno como ella. Esta, era símbolo de la devoción y la santidad pura.

Agradecíamos a Dios el fervor de esta santa rezadora, porque con las oraciones salidas de sus inmaculados labios, estábamos seguros que los difuntos alcanzaban el perdón para su salvación sempiterna  y los presentes, ganábamos indulgencias para nuestras almas.

Con cualquier otro orante, a mi pesar y mi vergüenza, yo cabeceaba de sueño apenas quince minutos de iniciado el rezo, pero con esta, ni siquiera quería que terminara. En cada uno de ellos, sentía mía la eternidad. En más de una ocasión dejé plantados a mis amigos para estar en estos contemplativos momentos.

Engracia, siempre llegaba muy pudorosa y bendiciendo a los presentes. Sin embargo, con cuarenta y tantos años, era evidente que con menos trapos encima, dejaría ver un cuerpo corruptible que podría estar causando desasosiego en algunos de los perseverantes fieles. 

         Para las navidades, esta actividad era más mística aún; un lujoso altar acogía a la rezadora, quien acompañada de su guitarra, hacía vibrar cada misterio gozoso. Para estas fechas muchas personas no lograban entrar hasta el gran salón y entonces, desde la calle, acompañaban los villancicos con las palmas. 

Una navidad llegó otro rezador. Yo no podía creer que ella fuera reemplazada. Esa noche ni el sueño ni la devoción me distrajeron de mis maquinaciones sobre el qué pudo pasarle a nuestra orante. No supe ni cómo rezó aquel intruso. Me embargaba la indignación por ese ultraje frente al altar, cuyas azucenas blancas habían sido puestas solo para ella.

Hasta las imágenes de la sagrada familia parecían molestas. Nada era igual. El esperado rompope, me supo a suero. El pan me pareció afrecho. Mi repudio fue tan grande, que ese día salí con más pecados del lugar.

Los rezos de la temporada continuaron sin noticias de aquella devota, y otros rezadores cumplían los compromisos religiosos.

Nueve meses después de la ausencia de mi orante predilecta, estaba yo cenando, cuando entró al comedor mi hermana con una bebé en brazos.

–¿Quieren conocer a la hija de Engracia? –dijo con ternura.

El bocado que apenas tocaba mis labios, me atragantó antes de entrar a mi boca y no pude contestar.

Y será del Espíritu Santo, pregunté automáticamente en mi interior. Pero segundos después caí en cuenta de lo que estaba diciendo.

Sin atender a la niña, mis espantados ojos buscaban a la purísima rezadora para pedirle una explicación.

–¿Acaso se casó? –le pregunté esperando una respuesta afirmativa.    

–No –respondió algo cohibida –Dios también escribe torcido en líneas derechas. 

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