En estas vacaciones, me propuse, ¡tendré novio!  

El primer día de clases llegaré al colegio de la mano de un chico tan guapo, que seré la envidia de todas.  

Mis vacaciones siempre han sido iguales: aburridas. Tanto que me sorprendía extrañando el colegio, ¡una perfecta noña! 

Mis expectativas para ellas solían ser tan grandes, como la tristeza de un nuevo fracaso. Y es que para tener mis vacaciones soñadas, debía yo ser millonaria y audaz, y desde esta mi humilde habitación y mi adolescencia, tengo que admitir que no estaba en mí, ni uno ni lo otro. 

—Pero este año —me dije —la vida será buena conmigo y espero ansiosa lo que vendrá. 

            ¡Al fin llegaron las vacaciones! Con mi meta definida, pero también con un agotamiento crónico, debía bajar un poco mi entusiasmo y priorizar en mis necesidades. Los primeros días los dediqué a dormir y dormir, quería recuperar el sueño perdido por las pruebas finales.  

  

Los días siguientes fueron para perecear y comer… y al momento, ya oscurecía. Hasta parece que los días ya no son de veinticuatro horas. Se me hacen tan cortos, y para mi pesar, a mis trece años, pierdo la libertad con la puesta del sol. Después de ahí, la oscuridad se adueña de mi diversión y me envía a casa. Así, aunque mi objetivo a cumplir es solo uno, fijo tendré problemas para alcanzarlo.    

  

Debido a esto, he pensado que sería buenísimo que existiera la posibilidad de comprar el tiempo. Sé de muchas personas que lo desperdician deambulando todo el día por carecer de magia en sus vidas. Otros, sin más ocupación, buscan en las noticias una tregua en su aburrimiento para sobrevivir un día más. Inclusive los hay, quienes malgastan el tiempo en dormitar mientras llega la noche, para continuar su estado vegetativo. ¡Qué desperdicio de horas y días!  

Y yo ocupando de este gran recurso para alcanzar mi felicidad. ¡Si pudiera comprar minutos! Yo los iría acumulando para cuando llegue a la mayoría de edad, invocar a mi audacia reprimida y a mi creatividad, para construir, en mi cabeza primero, y en mi vida después, decenas de ideas locas para ganar mucho dinero y conquistar grandes hazañas que me harían famosa. 

  

Pero como no se puede, pongo mi cabeza en mi cuello y trato de aprovechar las horas de las que dispongo, para lo que tengo decidido: buscar novio.   

 Ya revisé la pasarela de los nominados por mi corazón y elegí a Saúl, el más guapo de todos. Él me encanta y además vive en mi barrio, así que me será fácil verlo cada día. Resuelto con quién compartiré el resto de mi vida, solo queda cerrar mis ojos y clamar para que el ángel del amor venga en mi auxilio y nos atraviese con su flecha, atando nuestros corazones por siempre.  

   

Entre porras de amigas, sitios de Internet y consejos de mis tías, construí un “plan de conquista”. Solo que… ¡Ups! me topé con un inesperado problema: mi elegido no sabía de mi existencia. Bastaba ver su mirada indiferente cuando, llevados por la “casualidad”, nos topábamos en el barrio.  

-A lo mejor es despistado -les dije, tratando de mantener alguna esperanza.   

            Así que con este desinterés de su parte, me correspondía a mí cargar con todo el peso del deber.  

            Había avanzado un cinco por ciento en mi meta, cuando a mis padres se les ocurre que nos vamos de paseo y que regresaríamos hasta el año nuevo.   

            Dos semanas que entorpecen la conquista de mi chico. Trataré que sobrevivir, uniéndome a la gritería de los veraneantes.  

─Eso sí, no miraré a nadie -dije -soy muy fiel y chica de un solo amor.  

-Es una tragedia -recalcó mi madre ─tanta fidelidad a tan poca edad, no deja sintonizar el corazón en el “dial” apropiado. Yo sí disfruté de joven, coqueteando con los chicos más lindos.  

Lo contrario a mí, que solo existo para él. Cuento uno a uno los días que faltan para volverlo a ver.   

   

Al fin regresamos. Llego al barrio y… ¡Lo que me da mi Dios de bienvenida! Ahí estaba, jugando con sus amigos en media calle y frente a mi casa. Creo que esta es la señal de que nacimos el uno para el otro.   

  

¡Qué bueno fue mi regreso! Todo apunta a que tendré unas vacaciones de pirotecnia. Con tan buen pronóstico, retomo mi plan.  

 Pero después de ese día no volví a verlo ni a la distancia. Pareciera que nuestras salidas nunca coincidirían. Por lo que, tomando en cuenta que él tiene dos perritos, Macho y Pelusa, saco a pasear al mío; a lo mejor tenga suerte y él también saque  los suyos a caminar.   

Apenas salgo lo veo frente a su casa, bañando a los cachorros. Tendré que conformarme con mirarlo de lejos, pensé. Pero cambio de opinión y trato entonces de que mi perro corra hacia donde él está, empujándolo con disimulo. Pero mi mascota no entiende de mis penurias y con una decisión no acostumbrada en él, se mete a la casa, obligándome a hacer lo mismo.  

Minutos después, miro por la ventana y lo veo pasar muy tranquilo y ajeno a todas mis desgracias. ¡Amo esa ventana! Es mi mayor confidente.  

          Ella no cuenta a nadie que al verlo pasar se me escapan de mis labios, inaguantables: ¡te amo! ¡sos lindo! y tantas confesiones que si no salen, me ahogaría en esta maraña de suspiros.   

-¡Pero no es suficiente con que yo lo vea! Necesito que él también me vea, para que se enamore de mí. Pero es tan difícil. No puedo pasar frente a su casa, porque vive al fondo de la calle y ni modo que llegue hasta su puerta y luego, de la nada me devuelva.  

  

            A pesar de estos inconvenientes, sigo trabajando en su conquista. Creo tener un diez por ciento avanzado. Voy a paso lento, pero seguro.  

  

            -Nos vamos una semana a la playa -le dice muy contenta su madre a la mía.   

¡Solo a ella se le ocurre llevárselo por tanto tiempo, dejándome en esta inquieta calma!  

-¡Qué semana tan larga… y yo que decía que los días eran tan cortos! Hoy soy yo la que debería vender mis horas. Estaría dispuesta a vender hasta mi semana, para adelantar el momento en que él regrese.  

Pero ni modo, no queda más que esperar. Bueno, con esto tendré más tiempo para pensar, planear y realizar un certero y fulminante zarpazo para enamorarlo.  

  

Ya lo pensé, lo planeé y lo llevaré a cabo. En cuanto llegue de la playa, será recibido como él se lo merece. Confeccionaré carteles llamativos. Uno dirá te amo, otro, bienvenida para el más lindo del barrio, y por supuesto habrá uno con un gran corazón rojo.  

            Mi idea es pegarlos en el muro de su casa. Que él tenga muy claro que hay alguien que lo ama. Solo que no llevarán remitente, aún no. Necesito más tiempo para identificarme. Lo haré, pero por ahora no.  

          Hoy es domingo y fijo que llegará. Su papá tiene que trabajar mañana y entonces… ¡Hoy será el gran día!  

  

         Hice cuentas: de seguro almuerzan al medio día y reposan. Luego toman café para estar bien despiertos en el camino. Se vendrán antes de que oscurezca, por lo que llegarían acá a las ocho de la noche. Así que a las siete y treinta será la mejor hora para pegarlos, apenas antitos de que lleguen para que nadie se robe mis carteles. 

   

La noche me esconderá de los vecinos curiosos que puedan identificarme. Además me haré un peinado diferente y me pondré una boina para cubrirme un poco. Y por supuesto iré con todo listo para pegar y correr.   

  

Ese domingo a las siete y cuarenta minutos de la noche, me encontraba en su tapia colocando el último detalle para el recibimiento de mi amado. De repente escucho el motor de un carro, a la vez que unas luces alumbran mis piernas muy de cerca.            

-¡Dios mío -susurré -si existís, desaparecerme ahora mismo!  

              ¡Nooo, tengo que enfrentar esto! Me tiemblan las piernas, mejor dicho, todo el cuerpo. Mis manos pierden toda capacidad de control y se me cae el cartel. Escucho que alguien se baja del carro y lo recoge, luego se me acerca y me muestra el papel con el gran corazón rojo, a la vez que me dice:   

-Se te cayó esto.    

           ¡Mi casi cuñado! Veo en su rostro vergüenza ajena. Intenté sonreírle, pero mis labios no entendieron por qué debía hacerlo y solo lograron sostener una mueca congelada.   

            Le arrebato la hoja y la pego contra mi pecho, alucinando con tatuarme en ella y que luego la brisa me lleve al otro lado del planeta. Pero en el instante el acelerador del auto me hace volver a la realidad, y me entero de que no podré moverme. Tendrán que pasar por encima de mí para entrar a la cochera.   

            Una voz sale del carro:    

            -¡Abrime el portón! ¿Qué esperás?  

            -Con su per-mi-so, dice él muy acongojado, mientras me toma por un brazo y me deja a un lado del portón.  

  

        Mientras meten el carro yo me alejo muy lentamente, y solo escucho atrás cómo el viento arranca del muro mis declaraciones para el que pudo haber sido mi gran amor. 

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